Dos años de Gobierno Meloni (El Mundo)
EL 25 de septiembre de 2022, Giorgia Meloni obtuvo un resultado inesperado en las elecciones generales italianas. Su partido, Hermanos de Italia, rozó el 26% de los votos, imponiéndose como primera fuerza política tanto dentro de la coalición de centroderecha como a escala nacional. Esa victoria, tan contundente, representó un voto de castigo contra la clase política que se había sucedido en el poder a lo largo de la legislatura. Entre 2018 y 2022, Italia fue gobernada por alianzas inestables. Inicialmente, el Movimiento 5 Estrellas formó una coalición con la Liga de Matteo Salvini, dos partidos antisistema que pronto revelaron su incompatibilidad, más por los egos de sus líderes que por diferencias ideológicas. Posteriormente, el Movimiento 5 Estrellas se alió con el Partido Democrático, pero este acuerdo de Gobierno también fracasó, logrando mantenerse en pie poco más de un año. Eso sí, afrontaron uno de los desafíos más graves en décadas: la pandemia del Covid-19. Ante esa inestabilidad, el presidente de la República, Sergio Mattarella, optó por no convocar elecciones inmediatas y jugó su última carta, encargando a Mario Draghi, un tecnócrata, la formación de Gobierno. Aunque casi todas las fuerzas políticas respaldaron esta opción, con mayor o menor entusiasmo, hubo una excepción: el partido de Meloni, que permaneció en la oposición. Una oposición, sea dicho, moderada, pero que transmitía a sus votantes un mensaje claro: no cedería a ningún compromiso con el establishment.
La llegada de Mario Draghi generó cierto entusiasmo, especialmente, entre aquellos sectores de la población que suelen recibir con agrado a líderes no políticos, más aún si gozan de un amplio prestigio en su ámbito profesional. Y Draghi, sin duda, contaba con ese prestigio. No obstante, la política es un terreno cerrado y a menudo hostil hacia quienes no pertenecen directamente a su círculo. Así, tal como llegó, fue apartado.
Cuando, finalmente, Mattarella se vio obligado a convocar elecciones anticipadas, muchos italianos, más frustrados por el interminable vaivén de cambios políticos, alianzas volátiles y traiciones, que motivados por una convicción ideológica clara, optaron por quien hasta ese momento se había mantenido al margen del poder: Giorgia Meloni. De alguna forma, recompensaron su coherente (y cuidadosamente calculada) postura de oposición. Así, su partido pasó del 4,3% en 2018 al 26% en 2022.
Que una cuarta parte del electorado eligiera a un partido que aún ostenta la llama tricolor, símbolo heredado del partido neofascista Movimiento Social Italiano, y cuyos miembros incluyen figuras como la del actual presidente del Senado, Ignazio La Russa, quien se enorgullece de coleccionar estatuillas del Duce, no convirtió a Italia en un país plagado de fascistas. Detrás de ese voto había cansancio y desilusión. Era, además, una repetición instintiva de un patrón que el país ha vivido desde el colapso de la Primera República a principios de los años 90, cuando el sistema político se desmoronó debido a una sucesión de escándalos y a una corrupción generalizada que afectó a los principales partidos.
Comenzó así la era de la fascinación por la figura del líder, más que por el partido. Silvio Berlusconi fue un maestro en este arte. Pero otros también generaron cierto entusiasmo, como Matteo Renzi, del Partido Democrático; el inesperado Giuseppe Conte, presentado sorpresivamente por el Movimiento 5 Estrellas; e incluso otro tecnócrata (además del mencionado Draghi) como Mario Monti, a pesar de su imagen gris y austera. Sin embargo, ese enamoramiento solía ser casi siempre breve. Los italianos, propensos a dejarse seducir por cambios repentinos y por propuestas simplistas de líderes que ofrecen soluciones fáciles a problemas complejos, son también los primeros en abandonarlos cuando surge una nueva opción.
Tras la victoria de Meloni se derramaron ríos de tinta. Mientras algunos advertían del riesgo de una posible deriva autoritaria bajo su Gobierno, otros pronosticaban que su mandato sería efímero, debido a la inexperiencia tanto de la presidenta como de parte de su equipo. Dos años después, con el Gobierno aún en pie, y funcionando sin grandes contratiempos, es posible sacar algunas conclusiones.
Lejos de la temida deriva autoritaria, Meloni ha llevado a su partido a una zona templada sin renunciar por ello a su conservadurismo. Ha adoptado algunas de las políticas que en su día propuso Draghi y ha aceptado, casi en su totalidad, el informe que el ex primer ministro italiano y ex presidente del Banco Central Europeo presentó hace un par de semanas.
Tras un comienzo complicado, Meloni ha logrado avances significativos en uno de los puntos más importantes de su programa: la lucha contra la inmigración irregular. Ha reducido drásticamente las llegadas por el Mediterráneo, impulsando acuerdos bilaterales con Túnez, Costa de Marfil y Libia, y está trabajando para activar la colaboración de Albania como socio en la acogida de migrantes. Estas políticas han despertado el interés de líderes bien alejados del conservadurismo meloniano, como el laborista Keir Starmer, quien, durante su reciente reunión en Roma con la primera ministra, quiso entender cómo se había logrado esa notable reducción en la inmigración ilegal.
A nivel europeo, Italia ha conseguido que Ursula von der Leyen nombre a Raffaele Fitto como uno de los vicepresidentes de la Comisión Europea. Un logro notable teniendo en cuenta que es el único conservador en una Comisión dominada por populares, socialdemócratas y liberales. A pesar de ser etiquetado de «ultraderechista» por algunos medios, Fitto tiene una larga trayectoria democristiana. De hecho, comenzó su carrera política en la Democracia Cristiana y, cuando el partido desapareció, se unió a Forza Italia, permaneciendo junto a Silvio Berlusconi hasta que este buscó alianzas con Matteo Renzi. Tras una breve y frustrante experiencia en una lista de centro, Fitto acabó ingresando en Fratelli d'Italia. Voluble, quizá; peligroso ultraderechista, desde luego que no. Además, sus más de diez años como eurodiputado demuestran su compromiso con el proyecto europeo.
Por otra parte, el Gobierno de Meloni ha alineado a Italia con la postura europea en uno de los temas más cruciales: el apoyo al envío de armas a Ucrania. Ha buscado también establecer un diálogo constructivo con los populares europeos, desafiando las críticas recientes a Alberto Núñez Feijóo por su reunión con la mandataria italiana. No es el líder del Partido Popular el que «se está alineando con la ultraderechista Meloni», tal como afirmaron algunos críticos, sino que Meloni, en su evolución política, está buscando cada vez más sintonía con el centroderecha europeísta, apartando así tantos años de euroescepticismo.
En el ámbito interno, el Gobierno italiano abandonó rápidamente una de sus promesas clave del programa presentado antes de las elecciones de 2022: la elección directa del presidente de la República. En su lugar, ha centrado sus esfuerzos en impulsar la autonomía regional diferenciada, cumpliendo así con una de las principales demandas de su aliado de la Liga. No obstante, el camino hacia su implementación se vislumbra largo y complicado. El Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia de la UE avanza conforme a los plazos establecidos, y la economía del país atraviesa un momento favorable, con una inflación contenida y una tasa de empleo récord del 62,2%. Sin embargo, este dato sigue siendo significativamente inferior a la media europea, especialmente, en cuanto al empleo femenino, y refleja problemas de calidad del empleo y precariedad. En cuanto a los derechos sociales y civiles, el Gobierno se resiste a promover cambios, los cuales tampoco están en su esencia política. El núcleo duro del electorado de Hermanos de Italia, no lo olvidemos, está compuesto por votantes con claras preferencias por un programa de Gobierno conservador.
Por otro lado, la oposición, constantemente dividida, no parece capaz de aprovecharse de las debilidades del Ejecutivo. Así, los principales quebraderos de cabeza para Meloni provienen de las pequeñas, pero constantes discordias entre sus socios. Tras dos años de mandato, y una vez dentro del establishment contra el cual siempre luchó, Meloni parece decidida a consolidarse en esta posición durante el mayor tiempo posible.